La sal de mesa en la cocina hace que la comida sepa mejor, y en el laboratorio ayuda a cultivar cristales de unos pocos átomos de espesor. Los científicos tomaron seleniuro de estaño y, con la ayuda de la sal, hicieron crecer láminas finísimas, tan delgadas que se denominan bidimensionales. La sal actuó como separador: evitó que las láminas se pegaran entre sí y las hizo depositarse uniformemente sobre el sustrato, como tortitas en una sartén.
Dentro de estas láminas se descubrieron regiones que recuerdan hacia dónde estaba dirigido el campo eléctrico, como la aguja de una brújula recuerda dónde está el norte. Estas regiones se denominan dominios ferroeléctricos, y son precisamente las que hacen que el material sea prometedor para celdas de memoria diminutas: se registra el campo y se guarda un bit de información.
Este resultado no es solo una curiosidad. Demuestra que el seleniuro de estaño bidimensional puede obtenerse de manera controlada y que se pueden estudiar sus inusuales propiedades eléctricas y magnéticas. Y, por tanto, en el futuro estas láminas podrían convertirse en la base de memorias que ocupen miles de veces menos espacio que las actuales.
El seleniuro de estaño es un pariente cercano de un material que ya se utiliza en paneles solares y generadores termoeléctricos, que convierten el calor en electricidad.