Entre los imanes hay maestros silenciosos de la transformación. Un imán común atrae clips y tiene dos polos: norte y sur. Pero hay materiales que por dentro están dispuestos como un tablero de ajedrez magnético: sus átomos se alinean en un orden estricto, pero por fuera el material se comporta de manera neutra, como si el imán no existiera. A estos materiales se les llama altermagnetos.
Los físicos estudiaron 135 de estos materiales de una base de datos abierta. Calcularon en la computadora cómo se mueven en ellos los electrones, esos diminutos portadores de electricidad. Resultó que en los altermagnetos los electrones pueden desviarse incluso sin campo magnético externo. Es como si el agua de un río doblara sola la esquina, aunque el cauce sea recto. Esta propiedad genera corrientes especiales y hace que la luz cambie su polarización, es decir, la dirección de oscilación de la onda.
Estos materiales podrían ser la base de dispositivos donde la información se transmite no mediante carga eléctrica, sino mediante el espín, el giro intrínseco del electrón. Es el camino hacia una electrónica más rápida y más fría.
Los altermagnetos son como directores de orquesta que guían a la orquesta de electrones sin batuta. Su orden oculto abre la puerta a nuevas tecnologías donde la luz y la corriente obedecen reglas invisibles.
Los altermagnetos no atraen clips, pero por dentro los electrones se mueven como si el material fuera un imán potente.
En la novela «El problema de los tres cuerpos» de Liu Cixin, los extraterrestres usan protones desplegados para comunicarse al instante; los altermagnetos podrían ser un paso terrestre hacia una transmisión cuántica controlable similar.