El gas que cae hacia un agujero negro gira en espiral, como el agua en un remolino. En esa corriente, constantemente se crean y se rompen lazos magnéticos, similares a las erupciones solares, pero mucho más potentes. Cada lazo es un pequeño imán que vive su propia vida. Cuando hay muchos, empiezan a influirse mutuamente: sus polos norte y sur se atraen y se repelen.
En el nuevo trabajo, los astrofísicos compararon este enjambre de imanes con un grupo de luciérnagas. Por separado, cada una parpadea de forma caótica. Pero si los insectos se juntan, sus señales pueden sincronizarse, y entonces toda la bandada destella y se apaga casi al mismo tiempo. Lo mismo ocurre con los lazos magnéticos: su sincronización genera potentes emisiones de energía: viento caliente, chorros estrechos de plasma y un centelleo de rayos X.
Lo más interesante es que este modelo explica el misterioso cambio de estados en los sistemas binarios con un agujero negro. A veces el agujero se comporta de forma tranquila y otras veces 'activa' una radiación intensa. Parece que se trata de una transición entre diferentes modos de la danza colectiva de los lazos magnéticos: desde un parpadeo caótico hasta un coro coordinado. Esta idea conecta muchas observaciones dispares y ofrece un lenguaje sencillo para describir la compleja vida de los agujeros negros.
Las reconexiones magnéticas de las que se habla son el mismo proceso que causa las auroras boreales en la Tierra. Solo que en un agujero negro son billones de veces más potentes.
En la película 'Interstellar', el disco de acreción alrededor del agujero negro Gargantúa brilla de manera uniforme, pero en realidad debería parpadear y expulsar chorros, como en este modelo.