Una lámina de grafeno es una red de átomos de carbono con el grosor de un solo átomo. Si se apilan varias de estas láminas con un desplazamiento especial, se obtiene un material con propiedades inusuales: puede ser un imán o un superconductor, dependiendo de cómo se le aplique un estímulo. El problema es que en el grafito natural estas capas "bien desplazadas" son raras, y cultivarlas artificialmente es difícil.
Un grupo de investigadores ideó cómo extraer los fragmentos adecuados del grafito: lo enfriaron a temperaturas ultrabajas y lo rompieron de golpe. Este "golpe de frío" produce piezas grandes y planas con el apilamiento deseado. Luego, estas piezas se apilaron cuidadosamente bajo una presión suave para no arrugar las capas. El resultado fueron láminas con un área de más de 1300 micrómetros cuadrados, aproximadamente como varios granos de arroz en fila. Nueve de cada diez intentos tuvieron éxito.
La pureza de las capas permitió observar cómo cambia el flujo de electrones: al aumentar la temperatura, deja de fluir en una capa uniforme, como agua por una tubería, y comienza a sortear obstáculos, como agua a través de una esponja. Esta transición es una señal de que el material es casi perfecto. Ahora, estas láminas grandes y limpias se pueden usar para construir circuitos electrónicos donde las capas trabajan juntas, como notas en un acorde.
Un metro cuadrado de grafeno pesa menos de un miligramo, pero puede soportar el peso de un gato si se estira sobre una taza.
En la novela de Neal Stephenson "La era del diamante", las estructuras de carbono se convierten en la base de materiales inteligentes: el grafeno con capas controladas acerca esta idea.