El universo se parece a una esponja gigante: brillantes filamentos de galaxias envuelven enormes vacíos oscuros. Dentro de estos filamentos y muros se esconden grumos de materia oscura invisible: los halos. Cuando las partículas de materia oscura chocan y se desintegran, generan partículas ordinarias que pueden ser captadas por telescopios. Pero la fuerza de esta señal no depende solo del tamaño del halo.
La materia oscura no está distribuida uniformemente: se agrupa en grumos, como la harina en la masa. Los grumos pequeños dentro de un halo grande amplifican la señal de desintegración; este efecto se llama boost. Antes se pensaba que el boost era el mismo para todos los halos de la misma masa, sin importar dónde se encontraran. La nueva investigación muestra que el entorno cósmico cambia las reglas del juego. Los halos en filamentos, muros y vacíos tienen diferente concentración y distinto número de pequeños grumos satélite.
Los científicos utilizaron simulaciones para calcular cómo el entorno afecta al boost. Resulta que en los filamentos, para halos ligeros, la señal es un 15% más débil que el promedio, y para halos pesados, un 12% más fuerte. En los vacíos, la señal siempre está suprimida aproximadamente en un tercio. Es como si el volumen de un coro dependiera de la acústica de la sala: el mismo coro suena distinto en una catedral que en una habitación vacía.
Saber cómo el entorno modifica el boost ayudará a predecir con mayor precisión dónde buscar la señal de la materia oscura. También será útil para modelar lentes gravitacionales, cuando halos masivos curvan la luz de galaxias lejanas, como la lente de unas gafas. La telaraña cósmica no es solo una imagen bonita, sino un factor importante en la caza de lo invisible.
La telaraña cósmica es la estructura más grande del universo: sus filamentos se extienden a lo largo de cientos de millones de años luz, y los vacíos entre ellos son comparables a la distancia de la Tierra a los cúmulos de galaxias vecinos.