Dos partículas cuánticas están unidas por un hilo invisible: una pierde energía, la otra la gana, pero la reserva total no cambia. Si solo seguimos a la primera, sus oscilaciones no se amortiguan: el ritmo es constante, como el de un púlsar cósmico, aunque desde fuera parezca que crece la entropía, el caos. En realidad, la segunda partícula devuelve el orden poco a poco, como un compañero en un columpio cuyo movimiento alimenta el tuyo sin que te des cuenta. Así nace algo parecido a los cristales de tiempo, una idea propuesta por el Frank Wilczek: cambio cíclico sin impulso externo.
Sorpresa: en las trayectorias aparecen patrones en espiral, como las ramas de los árboles o los meandros de los ríos; la naturaleza reutiliza un truco probado. Estos "relojes internos" algún día permitirán crear dispositivos superestables y almacenar información directamente en el ritmo de las oscilaciones, como en las notas musicales.
Frank Wilczek, quien ideó el "cristal de tiempo", imaginó materia que se mueve incluso en su estado de energía más bajo, como un móvil perpetuo pero sin violar las leyes de la física.