En la orquesta de los átomos, cada instrumento tiene su propia partitura. Pero a veces dos músicos empiezan a tocar al unísono, y el sonido se amplifica muchas veces. En el mundo cuántico, esta 'armonía' se llama resonancia de Feshbach. Permite controlar las interacciones atómicas con una precisión de joyero.
El descubrimiento se hizo a mediados del siglo XX, al estudiar las reacciones nucleares. Más tarde, físicos como Eric Cornell trasladaron la idea a los átomos fríos. Resultó que el campo magnético actúa como una batuta de director: basta un pequeño giro para que los átomos, que apenas se rozaban, se conviertan en un conjunto fuertemente unido. El secreto está en que el campo modifica el ritmo interno de las partículas, ajustándolo al ritmo de las colisiones.
Hoy en día, los experimentos con gases ultrafríos son impensables sin este efecto. Ayuda a crear moléculas a partir de átomos individuales, a estudiar la superfluidez e incluso a modelar el comportamiento de los electrones en materiales complejos. Y todo gracias a una idea sencilla: a veces, para controlar un conjunto completo, basta con encontrar la resonancia adecuada.
El objeto artificial más frío del universo, una nube de átomos de sodio enfriada a una milmillonésima de grado por encima del cero absoluto, se estudia precisamente mediante resonancias de Feshbach.
En la novela 'Blindsight' de Peter Watts, una inteligencia extraterrestre utiliza resonancias cuánticas para comunicarse instantáneamente, casi como los físicos controlan los átomos con un campo magnético.