En julio de 1988, la estación automática 'Fobos-1' despegó desde la Tierra. Su objetivo era Marte y su luna, el enigmático Fobos. Dos meses después del lanzamiento, se envió un comando incorrecto a bordo, se perdió la comunicación y la sonda enmudeció para siempre. Desde entonces se la consideró perdida.
Décadas después, los astrónomos notaron un objeto extraño: 1998 KY26. Se mueve de manera diferente a un asteroide común: su trayectoria cambia, como si algo lo empujara. Por lo general, ese comportamiento (aceleración no gravitacional) lo exhiben los cometas, cuyos núcleos expulsan chorros de gas que generan empuje. Pero este cuerpo no tiene ni nube de gas (coma) ni cola. Al enigma se le llamó cometa oscuro.
Los autores del trabajo probaron una idea audaz: ¿y si 1998 KY26 no es en absoluto una roca espacial, sino un resto de la 'Fobos-1'? Calcularon que dos encendidos del motor habrían sido suficientes para que la sonda llegara a su órbita actual. El primer empujón, justo después de la pérdida de comunicación en 1988; el segundo, en mayo de 1996. El impulso total de 1,9 km/s encaja perfectamente con las capacidades del motor principal de la estación, que funcionaba con ácido nítrico y aminas. Curiosamente, en 2031 la sonda japonesa 'Hayabusa-2' debe llegar a este objeto. Si la hipótesis es correcta, no encontrará un asteroide, sino un trozo de tecnología terrestre.
La palabra 'oscuro' aquí no se refiere al color, sino a lo encubierto: el objeto se comporta como un cometa pero no muestra los signos habituales, como si ocultara su actividad.
La situación recuerda al relato de Arthur C. Clarke 'El centinela', donde un artefacto lunar resulta ser un rastro de otra civilización, solo que aquí el rastro lo hemos dejado nosotros mismos.