Un simulador cuántico de trampas de iones se parece a una orquesta donde cada ion es un músico y el bus de fonones (las vibraciones colectivas) es el director que transmite las señales. Mientras todos tocan la misma melodía, todo va bien. Pero si se pide a los músicos que interpreten dos partituras diferentes a la vez, el director empieza a confundirse: surgen interferencias que distorsionan el sonido.
En física, estas interferencias se denominan errores espín-fonón. Su astucia radica en que no dependen solo de la nota actual, sino de todo lo que se ha tocado antes. Los métodos habituales, como cerrar el ciclo, no sirven: el error persiste y arruina la precisión. Los investigadores analizaron estos errores mediante una serie de transformaciones matemáticas y aislaron su esencia. Resultó que se pueden ajustar las señales de control para suprimir la dinámica parásita sin tocar las conexiones útiles entre iones.
Las simulaciones de cadenas de varios iones mostraron que el nuevo enfoque reduce el error en cientos y miles de veces en comparación con los protocolos anteriores. Es como si el director aprendiera a ignorar los ruidos extraños y a dirigir claramente dos partituras a la vez. Como resultado, el simulador cuántico podrá reproducir con precisión sistemas cuánticos complejos donde diferentes interacciones no siguen un ritmo único.
Las trampas de iones mantienen las partículas mediante campos eléctricos en el vacío y las enfrían con láseres a temperaturas más bajas que las del espacio exterior; esto es necesario para que los efectos cuánticos no se ahoguen en el ruido térmico.