En los océanos profundos de las lunas heladas, el agua no se queda quieta. Chorros cálidos ascienden desde el fondo rocoso, pero la rotación del planeta los retuerce formando largos surcos inclinados, alargados a lo largo del eje de rotación. Antes, este proceso no podía incluirse en los modelos globales: era demasiado complejo. Los autores del artículo idearon una receta simplificada (un esquema de parametrización) que captura lo esencial: esa transferencia oblicua de calor del ecuador a los polos.
El nuevo esquema se probó con cálculos detallados en una capa esférica. Resultó que, dentro de un cilindro imaginario que toca el fondo en los polos, el modelo reproduce con precisión la transferencia de calor. El comportamiento colectivo de estas corrientes altera el flujo de calor hacia la superficie tanto como el calentamiento desde abajo. La temperatura exacta en los límites aún no la reproduce el modelo, pero capta el gradiente general con la profundidad. Ahora, las simulaciones globales de océanos en lunas heladas son más fieles, y este mismo enfoque funcionará para cualquier océano de rotación rápida con un número de Rossby diminuto (medida de la influencia de la rotación).
El número de Rossby es la relación entre la fuerza de inercia y la fuerza de Coriolis. En los océanos de las lunas heladas es tan pequeño que la rotación determina por completo la forma de las corrientes.
En '2010: Odisea dos' de Arthur C. Clarke, el océano de Europa alberga vida; quizás precisamente estas corrientes inclinadas distribuyen los nutrientes.