El campo magnético de la Tierra es como un escudo invisible que nos protege de la radiación cósmica. Pero si observamos su patrón promedio a lo largo de mucho tiempo, notamos que este escudo no es perfectamente liso: tiene sus 'costuras' y 'parches'. Una nueva investigación mediante simulaciones computacionales de geodínamo muestra que estas irregularidades surgen de dos fuerzas principales que rugen en el núcleo líquido del planeta: los flujos de calor desde el manto y los procesos químicos.
Los autores del trabajo crearon una serie de modelos en los que variaban el equilibrio entre la energía térmica y la química. El calor del manto, según descubrieron, actúa como una almohadilla térmica irregular: donde se ajusta más apretadamente, las corrientes en el núcleo son más fuertes, y esto se imprime en forma de anomalías magnéticas alargadas a lo largo de la longitud. La energía química, asociada al crecimiento del núcleo interno sólido, funciona como una batidora potente que mezcla la materia y suaviza estos patrones longitudinales, pero a cambio crea profundos 'embudos' de campo debilitado en los polos.
El resultado del modelado coincidió con las observaciones reales: para explicar los datos de mediciones paleomagnéticas de miles de años, hay que tener en cuenta tanto el calentamiento heterogéneo del manto como la mezcla química. Uno sin el otro dibuja un cuadro incompleto. Resulta que el retrato magnético de la Tierra es el resultado de un delicado equilibrio entre el 'artista' térmico y el 'escultor' químico.
Si la Tierra no tuviera campo magnético, el viento solar podría 'despojar' nuestra atmósfera, tal como probablemente ocurrió en Marte.
En la novela 'El núcleo de la Tierra', las anomalías magnéticas causan una catástrofe global, pero nuestra realidad es mucho más tranquila: estas mismas anomalías son simplemente la clave para entender el funcionamiento del 'motor' planetario.