El telescopio espacial James Webb se asomó al corazón del remanente de supernova SNR 0540-69.3, lo que queda tras la muerte de una estrella masiva en una galaxia vecina. Dentro, entre los escombros que se dispersan, los astrónomos vieron un patrón nítido: nudos brillantes y vacíos que formaban un diseño simétrico. Una mitad parece el reflejo de la otra, pero girada 189 grados. Esa simetría puntual no es casualidad, sino la huella de potentes chorros que perforaron el material durante la explosión.
El mecanismo de los 'chorros temblorosos' (jittering jets) dibuja un proceso caótico pero ordenado. Cuando el núcleo de la estrella colapsa en una estrella de neutrones, no se calma de inmediato. El objeto recién nacido, girando y oscilando, expulsa estrechos haces de partículas: los chorros. No golpean en una sola dirección, sino que la cambian, como una manguera de jardín que se escapa de las manos. Cada par de chorros abre sus propios canales y cavidades en el material en expansión. En SNR 0540-69.3 se encontraron al menos tres de esos pares: uno creó las cavidades principales, otro las 'toberas' en un ángulo amplio, y un tercero quizás añadió asimetría.
Este hallazgo conecta dos mundos: las explosiones de estrellas masivas y la formación de nebulosas planetarias. Ambas comparten la misma firma dejada por los chorros. En ambos casos hay simetría, cavidades y nudos. Así que la naturaleza usa una herramienta similar, sin importar la escala. Y el telescopio Hubble nunca soñó con tal nitidez.
El púlsar en el centro de SNR 0540-69.3 es una estrella de neutrones del tamaño de una ciudad, pero con una masa de una vez y media la del Sol. Gira 20 veces por segundo, y su 'patada' al nacer fue tan fuerte que el centro de la explosión quedó atrás.
En la novela 'Spin' de Robert Wilson, las estrellas de neutrones se usan como faros interestelares; aquí, la naturaleza misma colocó 'señales' hechas de chorros para que leamos la historia de la explosión.