Una visita con un solo robot es un monólogo agotador, sin nadie con quien cruzar la mirada. Los investigadores transformaron ese monólogo en una escena viva: al robot guía real le añadieron una compañera holograma. Este tándem conversa, discute, bromea, involucrando a los visitantes en la charla, en lugar de limitarse a recitar datos. Surge un diálogo natural, parecido a la conversación de viejos colegas.
En un experimento con 30 participantes se compararon tres formatos: el robot solitario, solo el holograma y el dúo. El interés y el disfrute fueron igualmente altos en todos. Pero la memorización de datos sorprendió: las mujeres asimilaban mucho mejor el contenido cuando la excursión la dirigía una pareja de guías. La reacción instantánea del holograma a las réplicas de su compañero aportaba dinamismo al relato, y el cerebro femenino, más sensible a las señales sociales, se beneficiaba especialmente de ello.
Todos los visitantes prefirieron unánimemente el dúo: les gustaba cómo los guías intercambiaban miradas y se complementaban, como experimentados actores de teatro. Este enfoque promete transformar el museo de un almacén silencioso a un salón intelectual, donde la tecnología no desplaza la comunicación, sino que la agudiza.
Los primeros guías robot de museo, lanzados hace dos décadas, recitaban el texto con voces monótonas y no reaccionaban a las preguntas.
La combinación de un robot y una interlocutora holográfica recuerda a los mensajes holográficos de 'Star Wars': así la tecnología pasa de la ficción a nuestro ocio.