La luz de lejanos quásares — núcleos galácticos superbrillantes — se abre paso a través de un bosque fantasmal de nubes de hidrógeno. Cada átomo deja una línea oscura en el espectro, como un autógrafo personal. Al reunir cientos de estas firmas, los astrónomos reconstruyen el mapa del gas invisible.
Pero aún no está claro si la materia oscura interactúa con los casi esquivos neutrinos. De ello dependía cómo crecieron las galaxias. Para averiguarlo, los científicos crearon en computadora cuarenta y ocho universos — simulaciones numéricas — y con ayuda de redes neuronales los compararon con imágenes reales. El corrimiento al rojo — el estiramiento de la luz por la expansión del Universo — permitió mirar hacia el pasado miles de millones de años.
La materia oscura sigue siendo sorprendentemente solitaria. Esto refuerza nuestra imagen del mundo, donde las galaxias crecen exactamente como las observamos. Un dato asombroso: en toda la historia del Universo, una partícula de materia oscura podría no haber experimentado ni una sola colisión con un neutrino; hasta tal punto se ignoran mutuamente.
El bosque Lyman-alfa no es un bosque real, sino cientos de líneas oscuras en el espectro de un quásar. Cada línea es como el autógrafo personal de un átomo de hidrógeno en el camino de la luz.