Un brote de dengue se parece a un incendio en la pradera: las llamas saltan de persona a persona a través de las picaduras de mosquitos. Las autoridades responden de dos maneras: envían a los enfermos a los hospitales y rocían sustancias que matan a los insectos. Pero en la realidad, un hospital solo tiene un número limitado de camas, y la fumigación no comienza de inmediato, sino cuando el número de infectados supera un umbral crítico.
Los autores del estudio construyeron un modelo matemático que, como un barómetro sensible, monitorea esos umbrales. El modelo mostró tres escenarios posibles. Si hay pocos enfermos, el sistema logra controlarlo. Cuando el flujo de pacientes desborda los hospitales y la fumigación se retrasa, aparecen
En los casos más graves, surgen nuevos estados inestables: cualquier pequeño empujón y la situación empeora drásticamente.
Los científicos no solo describieron el problema, sino que también encontraron modos óptimos de intervención. Resulta que se puede ajustar la frecuencia de fumigación y el umbral para activarla de modo que se recorten los picos de la epidemia y no se rocíen químicos innecesariamente. Es como ajustar con precisión un medicamento: la dosis debe ser suficiente para bajar la fiebre, pero no excesiva para no hacer daño.
El virus del dengue lo transmiten mosquitos de la especie Aedes aegypti, que pican principalmente durante el día, a diferencia de los mosquitos de la malaria, que son activos por la noche.