Un frasco de perfume no es solo vidrio con líquido. Es una huella del tiempo, una melodía congelada hecha de notas aromáticas. Desde 1900 hasta 2024 se han acumulado decenas de miles de estas «melodías», y ahora pueden estudiarse como un organismo único.
Los científicos reunieron el mayor corpus de datos sobre perfumes y midieron dos cosas: la complejidad —cuántas notas diferentes hay en un frasco— y la novedad —cuán inusual es la combinación de esas notas—. Descubrieron que desde los años 1990 los aromas se han vuelto más simples en composición, pero más inventivos en combinaciones. La orquesta se ha reducido, pero ha empezado a tocar jazz.
Los autores construyeron redes de imitación y vieron que a todos les gusta copiar, pero cada vez más notas quedan en «libre circulación»: se eligen por intuición, no siguiendo un patrón. Además, el estilo del perfumista es contagioso: se transmite al trabajar juntos y se desvanece con la distancia en el círculo profesional. La perfumería resultó ser un sistema cultural vivo, igual que la música o la moda, donde la sociedad expresa sus experiencias sensoriales.
La perfumería tiene su propia «moda»: en los años 1970 dominaban los complejos aromas chipre, y hoy lideran las composiciones minimalistas de pocas notas — por ejemplo, los perfumes moleculares construidos alrededor de una sola sustancia sintética.
En la novela «El perfume» de Patrick Süskind, el protagonista crea un aroma absoluto que somete a las personas, pero en la realidad los perfumes obedecen más a las leyes de la evolución cultural que a la química.