Una prótesis ocular no transmite al cerebro una fotografía, sino un punteado escaso de puntos brillantes: los fosfenos. Para distinguir en ese parpadeo una taza o unas llaves, la persona debe mover la cabeza como una linterna en la oscuridad e ir juntando poco a poco los contornos del objeto. Es un proceso lento, parecido a armar un rompecabezas al que le faltan la mayoría de las piezas.
Un grupo de investigadores intentó avisar al cerebro cuándo está realmente concentrado en la búsqueda. Veintidós participantes se pusieron un casco de realidad virtual con electrodos secos que registraban la actividad eléctrica del cerebro (EEG). Frente a ellos aparecía una mesa virtual dibujada con una dispersión escasa de puntos luminosos. La tarea: encontrar el objeto indicado lo más rápido posible. Tras cada intento, aparecía en la pantalla una marca de color: una lucecita verde si el índice especial de compromiso —la relación entre las ondas beta rápidas y la suma de las ondas alfa y theta lentas— era alto, y roja si era bajo. El segundo grupo veía marcas iguales, pero aleatorias, sin relación con su cerebro.
La mejora se dio en todos: al final de la sesión, las personas encontraban los objetos más rápido y con más precisión. Pero la pista "inteligente" no dio ventaja alguna: ni en velocidad, ni en errores, ni en la carga percibida. El cerebro aprendía por sí solo, simplemente acostumbrándose al mosaico de fosfenos y desarrollando sus propias estrategias de exploración. La variabilidad entre participantes fue enorme: en algunos, el compromiso crecía en sincronía con el éxito; en otros, no.
Los autores no renuncian a la idea de un asistente neuroadaptativo. Demostraron que se puede combinar EEG y visión protésica en un mismo sistema portátil. Pero una sola sesión de entrenamiento y un índice de compromiso tosco no bastan. Quizás el futuro asistente deba ajustar un ritmo personal para cada usuario, como se afina un instrumento musical antes del concierto.
Los fosfenos son esas "estrellitas" que vemos si presionamos con fuerza los ojos cerrados. Precisamente de esos destellos se compone la imagen en la mayoría de las prótesis visuales modernas.