En un concierto, en medio de una multitud apretada, cada paso cuesta trabajo: cuanto más apretados estamos, menos ganas de moverse. Así se comporta normalmente la materia activa: los enjambres de bacterias o las bandadas de robots se quedan quietos en la densidad. Pero un grupo de investigadores descubrió el efecto contrario. Diminutas partículas que, por separado, yacen inmóviles, de repente empiezan a agitarse como moléculas de gas caliente cuando están en compañía.
El experimento se realizó con osciladores: esferas que vibran en su sitio gracias a la electricidad generada por fricción (fenómeno conocido como electroforesis por carga de contacto). Por sí solas, están quietas. Pero cuando hay muchas de estas esferas, sus colisiones se vuelven superelásticas: tras el impacto, se separan más rápido de lo que se acercaron. Así nace una relación positiva entre densidad y actividad: cuantos más vecinos, más se acelera cada una.
Al comprender la naturaleza de estas colisiones, los autores aprendieron a controlar la forma de este gas e incluso a convertirlo en cristal. El trabajo demuestra que el comportamiento colectivo complejo puede surgir no solo de la simetría de las interacciones, sino también de la capacidad de las partículas para adaptarse unas a otras. Quizás principios similares ayuden a crear materiales adaptativos o expliquen la inesperada coordinación en las células vivas.
El impacto superelástico se parece al ping-pong: la bola no solo rebota, sino que recibe un impulso adicional de la colisión, como si la raqueta golpeara con más fuerza de la que traía la pelota.
En la novela de Stanisław Lem «El invencible», los «mosquitos» mecánicos se reunían en nubes y mostraban inteligencia solo en masa: un principio similar: la actividad nace de la cantidad.