Un mensajero entrega paquetes en un edificio con dos entradas. Mientras la puerta está abierta, entra libremente por ambas. Pero en cuanto una de las puertas comienza a cerrarse, cada vez le resulta más difícil acceder. Algo parecido le ocurre a la información en el horizonte de un agujero negro: esa frontera invisible de la que nada puede escapar.
En el nuevo trabajo, los científicos describen este proceso como dos flujos opuestos. Uno se dirige hacia afuera, hacia nosotros, y a medida que la gravedad se intensifica (el parámetro curvatura del espacio-tiempo aumenta), se debilita: el entrelazamiento cuántico y otros recursos disminuyen. El segundo flujo se adentra hacia el interior, en la región inaccesible, y allí los recursos, por el contrario, se acumulan. Es como los vasos comunicantes: lo que sale de uno llega al otro.
Los autores pusieron a prueba la idea con la coherencia cuántica, esa capacidad de las partículas de estar en varios estados a la vez, como un malabarista que mantiene varias pelotas en el aire. En un universo en expansión con un agujero negro cargado, la coherencia fuera disminuía y dentro aumentaba, siguiendo exactamente la predicción. Esto explica por qué en cálculos anteriores se observaban tendencias uniformes: la causa no está en los detalles, sino en el orden general que impone el propio horizonte.
La coherencia cuántica en el horizonte de un agujero negro disminuye fuera y aumenta dentro, como el agua en vasos comunicantes: lo que sale de uno llega al otro.
En la novela «Esfera» de Michael Crichton, un artefacto extraterrestre deforma el espacio y los protagonistas descubren que las leyes de la física cambian cerca de él, casi como los recursos cuánticos en el horizonte.