Si por una puerta entreabierta se cuela un olor en la habitación, uno puede pararse en medio y olfatear. Pero quien esté justo en el umbral percibirá con mayor precisión el momento en que aparece el olor. Algo parecido hace una célula cuando necesita medir la concentración de una sustancia a su alrededor. Las moléculas de esa sustancia se mueven al azar y llegan pocas, a veces literalmente de a una. Parecería que, para no equivocarse, hay que recoger la señal de todo el volumen disponible.
Sin embargo, los autores del nuevo trabajo demostraron que un medidor ideal, que ve cada molécula dentro de sí, actuará con más astucia. Descartará todas las lecturas internas y mirará solo su frontera. El problema se reduce a cómo ponderar mejor las observaciones de distintos puntos. Cuando los científicos lo redujeron a la electrostática (la rama de la física que describe la interacción de las cargas), descubrieron algo sorprendente: el error mínimo lo da un peso concentrado exclusivamente en la superficie. El interior no hace falta en absoluto.
Este principio no solo vale para una célula. Es válido para un recipiente de cualquier forma e incluso en espacios con otras dimensiones. Desde el punto de vista práctico, explica por qué muchos sistemas sensoriales naturales, como los receptores en la superficie celular, están ubicados precisamente en la membrana y no flotando en el interior. Y sugiere cómo crear nanosensores artificiales: no hace falta hacerlos voluminosos, basta con una fina película sensible. La frontera, en efecto, ve mejor que todo.
El error en la medición de la concentración disminuye cuando el sensor se 'comprime' hacia la superficie, igual que el campo eléctrico de un conductor se expulsa hacia afuera y se concentra en las puntas.