En julio de 1969, cuando el Apolo 11 volaba hacia la Luna, los astronautas notaron algo inusual: breves destellos de luz que aparecían incluso con los ojos cerrados. Al principio lo atribuyeron al cansancio, pero los destellos se repitieron en distintas tripulaciones. Poco a poco quedó claro: los culpables eran los rayos cósmicos, diminutas partículas que atraviesan el espacio a gran velocidad. Penetran la nave, los párpados y llegan al ojo. Pero cómo exactamente una partícula se convierte en un destello visible seguía siendo un misterio.
El nuevo trabajo construyó un modelo computacional del ojo humano y lanzó sobre él un flujo de partículas cósmicas. Resultó que en el espacio ordinario, entre planetas o en órbita baja fuera de zonas especiales, los destellos los crea un fenómeno parecido a una onda de choque luminosa. La partícula viaja a través del fluido intraocular más rápido de lo que la luz se propaga en ese fluido. Entonces se produce un débil resplandor, como el de un avión supersónico, pero para la luz. El ojo capta esa luz y el cerebro ve un destello. Los principales 'encendedores' son los núcleos de hierro, además de oxígeno y carbono. Son pesados y dejan en el ojo suficiente luz para que se activen las células de la retina.
En la superficie de la Tierra esos destellos no se ven. Las partículas que nos alcanzan son sobre todo muones, parientes ligeros de los electrones. También pueden brillar en el ojo, pero su luz es demasiado débil para despertar la retina. Por eso en la Tierra dormimos tranquilos en la oscuridad, mientras que los astronautas tienen que acostumbrarse a un 'espectáculo de fuegos artificiales' celestial tras los párpados.
Los astronautas ven destellos en promedio una vez cada varios minutos, y tienen formas variadas: puntos, rayas e incluso nubes enteras.
En la novela de Stanisław Lem 'Fiasco', los pilotos ven estelas de luz de partículas que atraviesan el globo ocular: una fantasía que resultó ser realidad.