Dos estrellas giran una alrededor de la otra como bailarines que se acercan y se alejan. Con el tiempo, una de ellas se hincha y sus capas externas fluyen hacia la vecina. La que recibe el material ajeno no se distingue en apariencia de una estrella solitaria, pero su superficie lo recuerda todo.
Los astrónomos construyeron modelos de evolución de estrellas binarias masivas y notaron patrones en la composición química de la superficie. Cuando una estrella arrebata gas a su compañera, en su superficie quedan marcas características: unos elementos aumentan y otros disminuyen. Con esas marcas se puede calcular cuánto material se transfirió y cuál era su composición.
El método se probó en estrellas conocidas. Para γ Columbae, que se consideraba una estrella que había perdido su envoltura, los cálculos mostraron lo contrario: había ganado masa de su compañera. Y esa compañera, muy probablemente, terminó su vida en una explosión de supernova, dejando tras de sí un objeto compacto.
Este enfoque ayuda a reconstruir el pasado de sistemas binarios que evolucionan hacia explosiones de supernova y a la formación de pares de estrellas de neutrones o agujeros negros. La composición química de la superficie se convierte en una ventana a una historia que de otro modo no se podría ver.
La estrella γ Columbae se encuentra en la constelación de la Paloma y es visible a simple vista en el hemisferio sur.
En la novela «Solaris» de Stanisław Lem, el océano del planeta guarda memoria de los humanos; de igual manera, la superficie de una estrella guarda memoria del material que alguna vez absorbió.