Una bacteria que recibe una dosis de ampicilina se comporta como un corredor agotado: primero exhala ácido y luego pierde el ritmo. Científicos midieron esta alteración con sensores más finos que un cabello humano, que captan los cambios de acidez justo en la superficie de la bacteria.
La ampicilina no solo rompe la pared bacteriana. Hace que su metabolismo se descontrole: primero la bacteria expulsa ácidos orgánicos, lo que acidifica el entorno, y unos minutos después comienza a liberar álcali. Este giro no es casualidad, sino una señal precisa de que las rutas metabólicas internas se han enredado. El ácido fórmico es especialmente importante: cuanto más se libera, más rápido muere la bacteria.
La causa de la muerte no es el estrés oxidativo, como se pensaba antes, sino un aumento de energía. La bacteria que recibe el antibiótico empieza a producir más ATP, su combustible. Ese exceso de energía la mata, igual que el recalentamiento destruye un motor. Las cepas con el mayor aumento de ATP y la mayor liberación de ácido fórmico morían más rápido. Ahora los médicos podrán comprobar rápidamente si un antibiótico funcionará contra una bacteria concreta, simplemente escuchando su "respiración" con un sensor.
El ácido fórmico debe su nombre a las hormigas: son ellas quienes lo secretan para defenderse. Ahora resulta que también es una señal que permite predecir la muerte bacteriana por antibióticos.