Imagina una peonza a la que haces girar vertiéndole agua. Para que gire muy rápido, necesita mucha agua, pero si la viertes con demasiada fuerza, el agua salpica y no cae sobre la peonza. Algo similar ocurre con los púlsares: son estrellas superdensas que se aceleran cuando reciben materia de una estrella vecina. El púlsar conocido más rápido da 716 vueltas por segundo, más rápido que una batidora de cocina. Pero para girar aún más rápido, tendría que acumular una masa equivalente a un cuarto de la del Sol. La estrella vecina no puede entregar esa cantidad de materia con la suficiente lentitud: o es demasiado ligera o vive demasiado poco.
Los científicos comprobaron si tales púlsares podrían existir sin que los veamos. Añadieron miles de púlsares ultrarrápidos artificiales a los datos del telescopio y observaron si los programas los detectaban. Resultó que los brillantes se habrían detectado con seguridad. Por lo tanto, realmente no existen, o desaparecen demasiado rápido. Es como buscar a un plusmarquista que haya corrido los 100 metros en 8 segundos, pero descubrir que para lograr ese tiempo se necesita una pista de aceleración más larga de lo que permite el estadio.
El púlsar conocido más rápido, PSR J1748-2446ad, da 716 vueltas por segundo, más rápido que una batidora de cocina. Si tuviera el tamaño de la Tierra, un punto en su ecuador se movería a unos 0,24 veces la velocidad de la luz.
En la novela «El huevo del dragón» de Robert Forward, una estrella de neutrones gira tan rápido que en su superficie viven seres que perciben el tiempo de manera distinta. Un púlsar sub-milisegundo sería un objeto aún más extremo, pero la física muestra que tales estrellas no pueden existir durante mucho tiempo.