El hervidero de la turbulencia quema energía de dos maneras distintas. Los vórtices, como remolinos en un torbellino, hacen girar el fluido y rozan unas capas contra otras. Las ondas de choque, como una palmada repentina, comprimen bruscamente el gas y convierten el movimiento en calor. Durante mucho tiempo se pensó que, con viscosidad muy baja, la tasa de esas pérdidas dejaba de depender de ella. Pero ¿qué ocurre cuando el flujo supera la velocidad del sonido y la compresión se vuelve dominante? Resulta que la pérdida de energía sigue caminos distintos.
Los cálculos numéricos mostraron que, si el flujo es más lento que el sonido, la pérdida de energía tiende a un valor constante. Si el flujo es mucho más rápido que el sonido, la pérdida tiende a otra constante. Es como dos caminos hacia la misma meta: uno serpenteante y otro recto. La razón es que, a altas velocidades, las ondas de choque se vuelven protagonistas, no los vórtices.
Antes no estaba claro si esa independencia de la viscosidad se mantenía en la turbulencia compresible y cómo dependía de la velocidad del flujo. Ahora se ve que la independencia existe, pero no es única. Para flujos lentos es una, para flujos rápidos es otra. Este resultado puede ayudar a construir modelos de turbulencia para astrofísica y para cálculos de ingeniería de flujos supersónicos.
Con un número de Mach de 10, las regiones de máxima disipación tienen una dimensión de aproximadamente 2, es decir, son casi perfectamente planas, como hojas de papel, aunque el flujo en sí sea tridimensional.