Muy, muy lejos, cuando el universo tenía solo dos mil millones de años, en uno de sus rincones colgaba un collar de galaxias. Están ensartadas en hilos invisibles que los astrónomos llaman la telaraña cósmica. Estos hilos, como cuerdas, transportan por el universo el gas del que nacen las estrellas. Dieciocho de estas cuentas fueron estudiadas con grandes telescopios para entender cómo cambian.
Algunas cuentas son suaves y esponjosas, como caramelos masticables: tienen mucho gas y las estrellas están dispersas. Otras ya son duras y densas, como caramelos duros: el gas se ha acabado y las estrellas se han apiñado. Los astrónomos alinearon todas las cuentas y vieron que la transición de caramelo blando a duro es gradual. Cuanto más grande es la galaxia, menos gas tiene y más densamente empaquetada está.
¿Por qué ocurre esto? El hilo del que cuelga la cuenta primero la alimenta con gas. Mientras llega comida, la galaxia forma estrellas y permanece esponjosa. Cuando el flujo de gas se agota, el combustible se acaba y la galaxia se contrae bajo su propio peso, como un caramelo masticable que se amasa durante mucho tiempo en la mano. Así, el collar de caramelos blandos se convierte con el tiempo en una sarta de caramelos duros. Hoy en día, en los centros de los cúmulos de galaxias viven precisamente esos caramelos duros: gigantescas ciudades estelares tranquilas que hace tiempo que no forman estrellas nuevas.
El campo ADF22 contiene filamentos de la red cósmica que son directamente visibles en la emisión de Lyman-alfa; son algunas de las primeras estructuras de este tipo descubiertas a corrimiento al rojo 3. En esos filamentos, las galaxias se alinean como cuentas de un collar, y su evolución depende de la distancia al centro del halo masivo.