En la habitación silenciosa de un psicólogo, un adolescente rellena un cuestionario sobre su infancia. La puntuación sube y, con ella, en las imágenes del cerebro crece un pequeño núcleo en lo profundo de la cabeza: el que nos enseña a temer y a recordar el peligro. En una rata a la que se mantiene tres horas al día dentro de un tubo estrecho, ese mismo núcleo aumenta más rápido que en sus congéneres tranquilos. Pero en las personas mayores que sufrieron violencia o abandono en la infancia, ese núcleo es más pequeño, no más grande. ¿Cómo puede ser? La respuesta se esconde en la edad.
Imaginen un resorte dentro de un reloj mecánico. En la juventud se le da demasiada cuerda: una infancia difícil obliga al núcleo del miedo a crecer a toda velocidad, como si el cerebro se apresurara a prepararse para un mundo peligroso. Pero un resorte al que se le ha dado cuerda de más pierde elasticidad con el tiempo. Hacia los 40–69 años, en las personas con una infancia dura ese núcleo resulta más pequeño que en quienes crecieron tranquilos. No es una contradicción, sino una sola trayectoria: primero la aceleración, después el desgaste.
Para ver esta historia completa, los científicos compararon tres grupos y midieron el volumen del núcleo con el mismo método de resonancia magnética. A las ratas las escanearon antes del estrés, justo después y un mes más tarde. A los adolescentes los siguieron desde los 14 hasta los 23 años, cotejando las imágenes con sus respuestas sobre traumas infantiles. A los adultos, unos 25 000, los examinaron entre los 40 y los 69 años. Los resultados encajaron en un único cuadro: en los adolescentes con trauma el núcleo crece más rápido, en los adultos con trauma es más pequeño. La edad resultó ser la llave que abre la cerradura de las contradicciones. El resorte al que se le dio cuerda de más en la infancia se comprime en la madurez más que en quienes crecieron tranquilos.
En condiciones normales, la amígdala humana aumenta un 40% de volumen entre los 8 y los 18 años, y un tercio de ese crecimiento se debe a la maduración de las neuronas del núcleo basolateral. En las ratas sometidas a estrés crónico, el volumen de esta región crece aún más rápido, y ya se nota a las pocas semanas.
En la novela de Daniel Keyes «Flores para Algernon» se muestra cómo un desarrollo acelerado de la inteligencia acaba en un rápido declive. El modelo del «agotamiento de la amígdala» dibuja una trayectoria parecida para el cerebro emocional: el estrés temprano acelera el crecimiento, pero agota los recursos.
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