Millones de personas sufren estrés temprano (maltrato, negligencia, divorcio de los padres), y eso eleva el riesgo de depresión, ansiedad, diabetes y adicciones. Hasta ahora no estaba claro cómo ese tipo de experiencia modifica el cerebro: en algunos estudios la amígdala de quienes habían sufrido estrés era más grande, en otros más pequeña y en otros no mostraba diferencias. Parte de las contradicciones se explica porque a las personas se las examinaba a edades distintas y a los animales en otras etapas de la vida. Este trabajo compara por primera vez datos de ratas, adolescentes y personas mayores con un mismo método de medición del volumen, y demuestra que la dirección de los cambios depende de la edad.
Los investigadores midieron el volumen de la amígdala en tres grupos. A ratas de la cepa Wistar (34 individuos) se las sometió a inmovilización crónica tres horas al día desde el día 45 de vida y luego se las escaneó con una resonancia magnética de 7 teslas en tres momentos: antes del estrés, justo después y un mes más tarde. En 1208 adolescentes de la cohorte europea IMAGEN se evaluó el trauma infantil mediante el cuestionario CTQ y se siguió el volumen de la amígdala desde los 14 hasta los 23 años. En 25 000 adultos del UK Biobank (40–69 años) se relacionó el volumen de la amígdala con las respuestas a preguntas sobre una infancia adversa. En todos los casos se usaron resonancia magnética y modelos estadísticos que tenían en cuenta la edad y el sexo.
En las ratas sometidas a estrés crónico la amígdala crecía más rápido que en los animales de control, sobre todo en los núcleos basolateral y central. En los adolescentes con puntuaciones altas en la escala de trauma infantil, el volumen de la amígdala aumentaba con más pendiente entre los 14 y los 23 años (β = 2.38, p = .013). En los adultos del UK Biobank, en cambio, un nivel alto de estrés temprano se asociaba con un menor volumen de la amígdala (β = −0.018, p = .0016), y el efecto se localizaba en los hemisferios derecho e izquierdo. Estos datos encajan en una imagen única: el estrés acelera la maduración de la amígdala en la juventud y, al llegar la madurez, la deja más pequeña de lo normal.
El trabajo explica por qué investigaciones anteriores daban resultados contradictorios: captaban a las personas en distintos tramos de una misma trayectoria. El modelo del «agotamiento de la amígdala» supone que el estrés temprano hace que esta estructura crezca más rápido, pero después su volumen cae por debajo del de las personas sin estrés. Esto concuerda con un metaanálisis que reveló una relación en forma de U entre la edad y la dirección de los cambios. Para la ciencia, esto significa que al estudiar las consecuencias del estrés hay que tener en cuenta la edad en el momento de la medición, y no limitarse a la presencia o ausencia de experiencias adversas.
Por ahora faltan datos longitudinales de personas mayores de 40 años: no se sabe cómo cambia exactamente el volumen de la amígdala después del pico. Hay tres escenarios posibles: una caída brusca, una convergencia con la norma o un descenso paralelo. Para elegir entre ellos hacen falta resonancias magnéticas repetidas de las mismas personas a lo largo de décadas. También es importante averiguar qué papel juega el estrés en la vida adulta: puede intensificar o, al contrario, amortiguar los efectos de la experiencia infantil.
Los resultados son relevantes para la psiquiatría y la neurociencia del desarrollo: precisan cuándo es el cerebro más sensible al estrés y ayudan a interpretar los datos de neuroimagen de pacientes con depresión y trastornos de ansiedad. Para la política social son un argumento más a favor de la ayuda temprana a los niños de familias desfavorecidas.
Reunir datos longitudinales sobre el volumen de la amígdala en personas mayores de 40 años con una historia conocida de estrés infantil. Comprobar cómo influyen los estresores adicionales de la vida adulta en la trayectoria del volumen.
En la neurobiología del estrés sigue abierta la pregunta sobre qué mecanismos celulares hay detrás del cambio de volumen: el crecimiento de las dendritas, el aumento del número de sinapsis o la neurogénesis. Tampoco está claro por qué algunas personas son más vulnerables al estrés temprano que otras, ni cómo se relaciona eso con la genética y la epigenética.
En condiciones normales, la amígdala humana aumenta un 40% de volumen entre los 8 y los 18 años, y un tercio de ese crecimiento se debe a la maduración de las neuronas del núcleo basolateral. En las ratas sometidas a estrés crónico, el volumen de esta región crece aún más rápido, y ya se nota a las pocas semanas.
En la novela de Daniel Keyes «Flores para Algernon» se muestra cómo un desarrollo acelerado de la inteligencia acaba en un rápido declive. El modelo del «agotamiento de la amígdala» dibuja una trayectoria parecida para el cerebro emocional: el estrés temprano acelera el crecimiento, pero agota los recursos.
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