Una gota de sangre puede contar en qué etapa de la vida se encuentra una persona. Los científicos tomaron 54 parámetros sanguíneos de 11 124 personas de entre 12 y 80 años y colocaron cada análisis como un punto en un mapa. Los puntos no se dispersaron al azar, sino que se alinearon a lo largo de dos líneas. La primera línea separa a los hombres de las mujeres: en la adolescencia se distancian, en la madurez la diferencia es máxima y en la vejez vuelven a acercarse. La segunda línea mide la edad, y en ella se ve cómo cambia la sangre con los años.
Con este mapa se puede medir a qué velocidad avanza una persona por el camino de la vida. Resultó que en las mujeres la velocidad se dispara entre los 40 y los 60 años, cuando llega la menopausia. Después de los 75 años, todo el mundo se acelera. Pero lo más importante: en las personas sin enfermedades crónicas la trayectoria está desplazada hacia la juventud. A los 79 años, su organismo parece tener 63 años, es decir, 16 años menos que el de una persona media de esa misma edad. La obesidad, el tabaquismo y la depresión también empujan a la persona hacia adelante en el mapa, pero cada factor empieza a actuar a una edad concreta.
Antes los científicos intentaban reducir la edad del organismo a un solo número, pero ahora está claro que hacen falta al menos dos coordenadas: el sexo y la edad. Este mapa ayuda a entender que el envejecimiento no es un apagarse gradual, sino un camino con tramos distintos: en algunos se avanza más rápido y en otros más despacio. Y con él se puede comparar la salud de distintos grupos de personas para entender cómo las enfermedades y el estilo de vida aceleran nuestro recorrido.
A los 79 años, las personas sanas se quedan rezagadas respecto a la población general en la trayectoria fisiológica en 16 años; es decir, su organismo parece tener 63 años.
No publicado en arXiv. Aquí están su página, el PDF y la formalización: puede comprobarlo usted mismo, no solo leer nuestro análisis.