
En la primera mitad del siglo XX, al estudiar los espectros de las estrellas, los astrónomos notaron que algunas estrellas tenían líneas de absorción de metales más intensas que otras. En 1925, Cecilia Payne-Gaposchkin demostró de manera convincente en su tesis que el hidrógeno es el elemento principal de las estrellas, y que las diferencias en la intensidad de las líneas se explican por las condiciones en las atmósferas. Más tarde, Walter Baade introdujo los conceptos de poblaciones estelares I y II, relacionándolos con el contenido de elementos pesados.
Los elementos pesados nacen en el interior de las estrellas masivas durante las reacciones termonucleares y se dispersan por el espacio interestelar mediante explosiones de supernova o vientos estelares. Las nuevas estrellas se condensan a partir de este gas enriquecido, por lo que cada generación posterior recibe un poco más de metales. Así, las estrellas más antiguas de la población II son muy pobres en metales ([Fe/H] < –1), mientras que las jóvenes, como nuestro Sol (población I), son relativamente ricas. Es como una reliquia familiar: cada generación añade a la alcancía común nuevas «joyas» (elementos).
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