
En 1883, el ingeniero inglés Osborne Reynolds realizó un experimento: introdujo un fino hilo de tinta en un tubo con agua y observó que, con flujo lento, la tinta formaba una línea recta, pero con flujo rápido, se difuminaba en un caos. Así describió la transición a la turbulencia e introdujo un número que ayuda a predecir dicha transición.
Los vórtices grandes son inestables y se descomponen en otros más pequeños, y estos en otros aún más pequeños, hasta que la fricción convierte el movimiento en calor. Este proceso se asemeja a una cascada: la energía de una cascada se fragmenta en chorros, salpicaduras y espuma, hasta que el agua se calma.
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