En el flujo de rayos cósmicos, partículas que llegan desde las profundidades de la Galaxia, el titanio es escaso. Sus núcleos son casi indistinguibles del hierro: ambos son pesados y dejan huellas similares en los detectores. Pero en el experimento ATIC, gracias a una matriz de silicio, se logró separar el titanio del hierro y rastrear cómo cambia su proporción con la energía.
Si lo comparamos con la vida cotidiana, es como distinguir en una multitud a dos gemelos parecidos por un lunar apenas perceptible. La matriz de silicio actúa como un observador muy atento que nota la diferencia en cómo las partículas se frenan en la materia. El titanio es un poco más ligero que el hierro, y a altas energías esta diferencia se hace más evidente.
El resultado es una curva de la proporción de titanio a hierro en función de la energía. Estos datos son necesarios para comprobar cómo se aceleran los rayos cósmicos y cuánta materia atraviesan en su camino hacia la Tierra. Los núcleos raros, como el titanio, actúan como marcadores que permiten reconstruir la historia del viaje de la partícula.
El titanio en los rayos cósmicos es aproximadamente diez veces menos abundante que el hierro, aunque en la materia ordinaria del sistema solar sus proporciones son comparables.