Dos diapasones, vibrando cerca, se afectan mutuamente: el empuje del aire hace que suenen diferente. Esta sencilla analogía fue utilizada por los físicos para calcular resonadores ópticos — dispositivos que atrapan luz entre espejos. Pero la analogía se derrumba cuando los espejos son planos, como los cristales de las ventanas.
Durante medio siglo, nadie notó el error porque los resonadores planos se hacían pasar hábilmente por tridimensionales. La nueva teoría reveló el engaño: describe con precisión cómo la luz se agita en una trampa de cualquier forma, desde diminutos pozos láser hasta espejos multicapa. Resultó que incluso una ligera curvatura de las paredes cambia radicalmente el juego de la luz. Este hallazgo ayudará a construir sensores ultrasensibles y láseres con un rendimiento récord.
Los resonadores ópticos planos se esconden en los filtros de fibra óptica, separando los colores en los cables de internet — sin ellos, la internet sería mucho más lenta.