Un espectroscopía solitario en una trampa vibra como un columpio, y cada oscilación introduce un error en los cálculos cuánticos. Tradicionalmente, la vibración se suprime enfriando casi hasta el cero absoluto, lo cual es voluminoso y costoso.
Los físicos encontraron una solución elegante: el pulso láser cambia suavemente su frecuencia durante la operación, amortiguando la vibración. El haz actúa como un empujón preciso que detiene el columpio: en lugar de luchar contra la sacudida, la aprovecha, calmando la entropía (desorden) del sistema. La verificación final la realiza un detector con fotometría — midiendo la luz tenue —, y el error se reduce al 0,0084%. Sorprendentemente, incluso cuando la vibración se intensifica nueve veces, las fallas no superan el 0,05%.
Así, las ideas de David Wineland y los sueños de Richard Feynman sobre máquinas cuánticas accesibles se hacen realidad, sin un infierno glacial.
La temperatura a la que normalmente se enfrían los iones para la computación cuántica es miles de veces más baja que la del espacio interestelar: más fría que casi cualquier cosa en el universo.