Un fotón es una partícula de luz que no se puede dividir en pedazos. Pero si ponemos un obstáculo en su camino, no obtenemos medio fotón, sino algo extraño: una mezcla de diferente cantidad de fotones que, a la izquierda, parece un fotón, y a la derecha, vacío. Resulta que la luz está como «difuminada» entre la existencia y la nada. ¿Cómo es posible?
La luz está compuesta de porciones: fotones. Max Planck fue el primero en comprender que la luz se emite en cuantos. Hoy en día, se pueden dirigir fotones individuales. Cuando un fotón así se encuentra con un obturador rápido, no se puede cortar, no existe el medio fotón. En su lugar, surge una mezcla cuántica de estados con diferente número de fotones: cero, uno, dos, tres... sin límite. Es como una gota que golpea una cuchilla y salpica en una fuente de gotitas, donde cada gotita es la probabilidad de un resultado concreto.
Paradójicamente, esta mezcla compleja tiene un aspecto simple: a la izquierda del obturador, el mismo fotón con la misma energía, a la derecha, oscuridad total, y entre ambos, una finísima zona de transición. Un detalle inesperado: si el obturador se activa más rápido que la duración del pulso, el detector puede registrar dos o tres fotones, aunque se haya enviado estrictamente uno. Esto es consecuencia del difuminado cuántico.
Este comportamiento de la luz abre el camino para mejorar los fotómetros (instrumentos para medir el brillo) y los métodos de criptografía cuántica, donde cada fotón cuenta.
🎯 Con un obturador lo suficientemente rápido, un solo fotón puede multiplicarse: el detector ve dos o tres, aunque se envió uno. No es una ilusión, sino una consecuencia directa de la naturaleza cuántica de la luz.