Imagina un diamante con defectos diminutos que funcionan como sensores de campo magnético. Los científicos los mejoraron para que resistan presiones millones de veces superiores a la atmosférica. Gracias a ellos, vieron por primera vez cómo el titanio se convierte en superconductor a esa presión, donde la materia se comprime igual que en las profundidades de la Tierra. ¿Qué otros secretos esconden los interiores planetarios?
En el diamante se puede incrustar un «espía». Basta con sustituir un átomo de carbono por nitrógeno: se obtiene un defecto que reacciona al campo magnético y emite una señal luminosa.
Pero los espías comunes no soportan la presión colosal. Los científicos inventaron un templado: tras la implantación de nitrógeno, el diamante se cuece a temperaturas y presiones extremas. Esto fortalece los defectos, y funcionan incluso a 240 gigapascales, una presión tal que el propio diamante empieza a fluir si no está preparado. Curiosamente, los espías se encuentran justo en el yunque de diamante que genera esa presión.
Antes era imposible estudiar las propiedades magnéticas de los materiales a semejante presión. Ahora, los espías ayudarán a desvelar los secretos de los superconductores que funcionan sin refrigeración. Por ejemplo, el hidrógeno a alta presión puede convertirse en un conductor perfecto, pero sus misterios magnéticos aún están por espiar.
🎯 240 gigapascales es la presión que ejerce un tren de carga sobre la uña del meñique. Incluso el diamante necesita un templado para sobrevivir a semejante presión.