Un intérprete se distrae con cada ruido en la sala y la reunión de una hora se convierte en dos. Algo parecido hacen las moléculas individuales atrapadas entre dos contactos metálicos: cambian constantemente de forma y de posición, y eso influye en cómo circulan por ellas la corriente y el calor.
En el nuevo trabajo, los científicos tomaron una molécula formada por varios anillos de benceno unidos como vagones de tren y la atraparon entre electrodos de oro. Con mediciones muy rápidas, siguieron a la vez la corriente y lo bien que la molécula convierte una diferencia de temperatura en electricidad (esa propiedad se llama coeficiente Seebeck). Descubrieron que la molécula se reorganiza con frecuencia —como una persona que cambia de postura en la silla— y que eso hace que el coeficiente Seebeck varíe notablemente, aunque la corriente permanezca casi igual.
Este resultado es importante para el futuro: si queremos aprovechar el calor que hoy se disipa y convertirlo en electricidad mediante moléculas individuales, hay que entender cómo se mueve la molécula sobre los contactos. Ahora tenemos una forma de seguir ese movimiento en tiempo real y, quizá, de hacer los dispositivos moleculares más estables.
El coeficiente Seebeck se puede notar con un termopar de dos metales distintos: produce un voltaje cuando una unión está más caliente que la otra. En una molécula individual, ese efecto cambia según cómo se asiente la molécula sobre los contactos.