El Sol emite constantemente un flujo de partículas cargadas, principalmente hidrógeno — el viento solar. A veces, el Sol expulsa densas nubes de gas magnetizado, en cuyo interior suele reinar la calma. Pero en el año 2000, en una de esas nubes, los científicos detectaron dos regiones donde el gas hervía. Mediante la descomposición luminosa en colores (método que separa el resplandor en tonalidades), se descubrió que allí coexisten ondas que hacen girar las partículas ora a la izquierda, ora a la derecha.
Es como un salón de baile donde unas parejas valsan en el sentido de las agujas del reloj y otras en el contrario, pero sin chocar. Este doble movimiento ayuda a transferir energía y calentar el espacio cósmico. Cuando los electrones reciben más calor, los remolinos derechos se intensifican y el campo magnético oscila en sincronía con la densidad, como en un paso bien coordinado. El sistema busca el equilibrio, aumentando el desorden.
Curiosamente, vórtices gemelos similares se observan a veces en los huracanes terrestres, donde brazos espirales adyacentes pueden girar en direcciones opuestas; la naturaleza gusta de repetir patrones exitosos.
Los silbadores — esas ondas «derechas» — en la Tierra suenan como un misterioso silbido en la radio después de una tormenta, deslizándose por las líneas del campo magnético.