Un pulso láser corto golpea el aire y en el punto de impacto se enciende un diminuto relámpago. Vive más de lo que parece: el brillo intenso se ve durante medio milisegundo, y el débil, casi veinte milisegundos. Durante todo ese tiempo, electrones libres se agitan dentro del plasma, y los científicos han medido por primera vez con precisión cuántos son y cuán calientes están.
Los electrones en esa chispa se mueven a una temperatura de unos setenta mil grados. Su densidad es enorme: en un centímetro cúbico hay doscientos mil millones de millones de partículas. Para obtener estos números, los físicos emplearon dos métodos independientes: uno ilumina los electrones con un láser y capta la luz dispersada; el otro observa cómo se ensanchan las líneas de emisión de los átomos de hidrógeno. Ambos métodos dieron el mismo resultado.
Con el tiempo, los electrones desaparecen: se dispersan y se recombinan con los iones, devolviendo a los átomos su neutralidad. Este proceso se ha podido describir con simples leyes de colisiones, como si una multitud se dispersara gradualmente de una plaza, a veces formando parejas. Estas mediciones se convertirán en un estándar para los modelos computacionales de descargas láser.
La temperatura de los electrones en una chispa láser es de unos 70 000 °C, diez veces más caliente que la superficie del Sol.