Una epidemia se parece a un incendio forestal: el fuego corre hacia donde hay más ramas secas. Del mismo modo, un virus se propaga más rápido donde la gente vive más apiñada. Pero los viejos modelos matemáticos describían el contagio como una mancha de tinta que se extiende uniformemente sobre el papel. Eso es cómodo para los cálculos, pero se parece poco a la verdad.
En el nuevo trabajo, los científicos añadieron al modelo una regla simple: la infección se mueve de los lugares con poca gente hacia los que tienen mucha. Como el agua que fluye hacia una hondonada. Ese comportamiento se conocía desde hace tiempo en bacterias, que nadan hacia los nutrientes; ahora se aplicó a los humanos. El modelo se probó con datos de Lombardía durante la primera ola de covid y del estado estadounidense de Georgia. Resultó que predice mejor dónde aparecerán nuevos focos que los modelos uniformes anteriores.
Para las autoridades, esto no es solo matemática bonita. Si se sabe que la enfermedad tiende hacia las zonas densamente pobladas, se pueden reforzar los hospitales de antemano, restringir el acceso a lugares concurridos o desplegar unidades móviles de vacunación. El modelo calcula el número básico de reproducción teniendo en cuenta lo desigual que está repartida la población en el territorio, un indicador clave para decidir qué tan estrictas deben ser las medidas.
Este enfoque no reemplaza a los modelos antiguos, pero los hace ver. En lugar de una mancha abstracta en el mapa, hay una corriente que serpentea por las calles, rodea los parques y desemboca en los centros comerciales. Y ya no es solo un cálculo, sino una herramienta de trabajo para quienes toman decisiones en plena epidemia.
Las bacterias usan el mismo principio de movimiento que el nuevo modelo de epidemia: nadan hacia donde hay más comida. Los científicos simplemente trasladaron esa regla de los microbios a las multitudes humanas.