Una misma explosión puede sonar de manera distinta: todo depende de hacia dónde sople el viento. En 2024, los investigadores detonaron dos veces cargas equivalentes a diez toneladas de TNT y registraron el sonido con una red de 31 micrófonos distribuidos en un radio de 23 kilómetros. La fuente era idéntica, pero los paisajes sonoros resultaron muy diferentes.
En octubre, las señales en todos los sensores tenían un período de oscilación similar. En mayo, el panorama se dividió: a favor del viento, el sonido conservaba su nitidez; contra el viento, se volvía notablemente más apagado. Una corriente en contra fuerte amortigua las notas agudas y deja solo un rumor grave. El viento actúa como un filtro que deja pasar las oscilaciones lentas y apaga las rápidas.
Esta es la primera observación directa de este efecto a distancias cortas. Antes se pensaba que ese filtrado solo aparecía a grandes distancias o en condiciones atmosféricas especiales. Ahora está claro: el viento ordinario cerca del suelo puede influir en cómo percibimos el sonido de baja frecuencia, incluso si la explosión ocurrió muy cerca.
El oído humano no percibe el infrasonido, pero el cuerpo lo siente: las frecuencias bajas pueden provocar vibraciones en el pecho y una sensación de inquietud sin causa aparente.