Las partículas cósmicas con energías millones de veces superiores a las que pueden alcanzar los aceleradores terrestres chocan contra la atmósfera y producen una lluvia de partículas secundarias. Esa lluvia emite ondas de radio que captan antenas en el suelo. Pero la señal es débil: la ahogan el ruido de radio de nuestra galaxia y los ruidos propios de los receptores. Extraer esa señal es como intentar oír un susurro en una calle ruidosa.
La red neuronal actúa como un intérprete que escucha a la vez la entonación y descifra las palabras. Observa la señal tanto en el tiempo como en las frecuencias, memorizando los patrones característicos de los destellos de radio de las lluvias cósmicas. Entrenada con 410 mil señales simuladas, mejora la nitidez en 15 a 23 decibelios, como si un susurro se convirtiera en una conversación a plena voz. Tras esa limpieza, entre 2 y 3 veces más antenas pueden determinar con precisión el tiempo de llegada de la señal y, por tanto, calcular mejor de dónde provino la partícula.
El método es especialmente importante para el futuro radiotelescopio GRAND, que desplegará antenas en un área de cien mil kilómetros cuadrados. Cuanto más precisa sea cada antena, más fiable será toda la red. Así podremos vislumbrar las fuentes lejanas de las partículas más energéticas del universo y, quizás, entender qué aceleradores cósmicos son capaces de impulsarlas hasta energías tan colosales.
La energía de una de estas partículas equivale al impacto de una pelota de tenis en un saque, pero concentrada en un solo protón.