Un qubit es como un inquilino en un diminuto apartamento: normalmente ocupa la planta baja para no distraerse con los vecinos de arriba. En los puntos cuánticos de germanio, donde viven los qubits de espín, ese inquilino es un hueco, es decir, un lugar sin electrón. El hueco tiene un espín que funciona como una diminuta aguja magnética. Cuando se activa un campo magnético externo, esa aguja comienza a girar a una velocidad determinada, que se denomina factor g. De este parámetro depende cómo se controla el qubit.
Pero el germanio tiene una peculiaridad: el espín y la órbita (la planta en la que se sienta el hueco) están fuertemente acoplados. Por eso, el factor g cambia de una planta a otra y según cuántos vecinos tenga el hueco. Los científicos midieron el factor g de dos maneras: observando cómo se comporta un solo hueco (espectro de excitación) y cómo se comportan varios juntos (espectro de adición). Antes, estos métodos daban números diferentes y no estaba claro a cuál creer.
Además, el factor g se puede modificar en un 15% solo con un campo eléctrico, sin tocar el magnético. Esto es importante porque para un ordenador cuántico es más conveniente controlar los qubits con señales eléctricas que con imanes voluminosos. Ahora los ingenieros podrán diseñar circuitos de control más precisos: basta con saber en qué planta se sienta el hueco y cuántos hay en el punto.
Así que los puntos de germanio no son solo apartamentos para qubits, sino casas con una distribución muy flexible. Comprender su orden interno acerca los ordenadores cuánticos a la realidad, donde cada qubit se puede ajustar a su tarea.
El germanio es un pariente cercano del silicio, pero en él el acoplamiento entre espín y órbita es más fuerte, por lo que el factor g en germanio se puede modificar con un campo eléctrico más intensamente que en silicio.