Miles de modelos informáticos hierven en un mismo caldero, y el vapor que desprenden es denso e impenetrable. Cada uno susurra algo sobre el futuro del El Niño, la corriente cálida que cada pocos años cambia el clima de todo el planeta. Pero en el ruido general no se distingue quién tiene razón y quién solo se calienta. Los científicos idearon un alambique: seleccionan únicamente los modelos que ya acertaron la fase del evento y evaporan de ellos doce gotas puras. Estas gotas son los estados típicos hacia los que convergen los predictores exitosos.
La destilación es sencilla. Primero se hierven cincuenta modelos con datos de satélite: temperatura de la superficie del océano, diferencias de temperatura con la profundidad y tensiones del viento. Para cada mes de pronóstico, un caldero distinto. Luego se catan: el modelo que se equivocó en la fase se desecha, y el que acertó se conserva. Los modelos restantes se comprimen en doce estados, pero no al azar, sino teniendo en cuenta qué señales considera importantes cada uno. El resultado es un mapa: se ve hacia dónde mira el modelo cuando predice.
Antes, esos mapas se dibujaban después del pronóstico y a menudo temblaban. Ahora la transparencia está integrada en el propio proceso de destilación. Y si una gota se enturbia, se ve qué señal la ha agitado.
El conjunto de 50 modelos para cada uno de los 24 plazos de pronóstico y 252 fechas de inicio da 302 400 modelos que se analizan en el trabajo. La destilación los reduce a solo 12 superclústeres por plazo, es decir, 25 200 veces menos.