En los primeros instantes, el universo se parecía a una masa que a veces sube con rapidez y a veces se detiene por un segundo. En esos breves estirones —llamados expansión del universo con pausas— incluso los campos magnéticos diminutos pudieron crecer como burbujas en una masa bien batida.
Normalmente, esos campos permanecen débiles, pero los autores del nuevo trabajo añadieron un detalle al cálculo: los campos pueden girar hacia un lado, como un sacacorchos. Ese giro —llamado quiralidad— ayuda al campo a intensificarse cientos de veces. Como resultado, en el universo temprano pudieron aparecer campos magnéticos lo bastante fuertes como para sobrevivir hasta nuestros días.
Esos campos deberían vibrar junto con el espacio-tiempo y generar ondas gravitacionales —ondulaciones que viajan por el cosmos—. Además, parte de esa ondulación debería estar girada en la misma dirección que el propio campo. Si los futuros detectores captan esa ondulación girada, sería una indicación directa de los eventos turbulentos de los primeros instantes.
Todavía no se han captado esas ondas, pero el cálculo muestra que podrían estar al alcance de los futuros instrumentos. Si se encuentran, por primera vez escucharemos el eco de cómo el universo dio sus primeras respiraciones.
Hay campos magnéticos incluso en el vacío entre galaxias, y los científicos aún discuten de dónde salieron. Quizás se enrollaron en las primeras fracciones de segundo después del Big Bang.
En la novela de Greg Egan 'La escalera de Schild', los físicos crean un nuevo universo con otras leyes, y los primeros instantes allí generan campos y partículas muy distintos.