Cuando dos protones chocan a gran velocidad, del punto de impacto sale un haz estrecho de partículas: un chorro, parecido a las salpicaduras de una piedra lanzada al agua. En las colisiones de núcleos pesados de plomo, todo es más complejo: en su interior surge una nube caliente que impide que el chorro vuele en línea recta.
La medición mostró: si el chorro es débil, su trayectoria apenas cambia. Pero si el chorro es potente, en la nube densa se desvía notablemente. Es como una manguera de incendios apuntando a través de una niebla espesa: cuanto mayor es la presión, más tiembla y serpentea el chorro.
Los científicos compararon los datos con tres modelos diferentes. Todos describen cómo las partículas pierden energía en la nube caliente. El que mejor concuerda es aquel en el que la nube se comporta como un líquido viscoso.
Esta desviación del chorro es una nueva herramienta. Permite mirar dentro de la nube sin destruirla y comprender de qué está hecha.
La temperatura de la nube caliente en estas colisiones es miles de veces mayor que la del centro del Sol.