Cuando un rayo de sol cae sobre una hoja, dentro de ella comienza una carrera de relevos. La energía de la luz pasa de una molécula de clorofila a otra hasta llegar al centro de reacción, el lugar donde se pone en marcha la química de la vida. Esta carrera se desarrolla con una precisión asombrosa: casi cada cuanto de luz encuentra su camino.
Los científicos decidieron averiguar cómo consiguen las moléculas transmitir la energía de forma tan coordinada. Estudiaron las proteínas de las bacterias púrpuras que captan la luz. Resultó que la energía no se queda en una sola molécula, sino que se reparte entre varias a la vez, como una ola que recorre una cuerda tensa. Esto ayuda a que la energía encuentre antes su camino.
En las plantas y las cianobacterias, que utilizan la fotosíntesis oxigénica, el panorama es distinto. Allí las moléculas de clorofila trabajan individualmente, pero sus vibraciones también ayudan a la transferencia de energía. La naturaleza ha encontrado dos soluciones diferentes para un mismo problema.
Comprender estos mecanismos puede ayudar a crear paneles solares que funcionen tan eficientemente como una hoja de árbol.
En las bacterias púrpuras, la energía de la luz se reparte entre varias moléculas de clorofila a la vez, mientras que en las plantas se reparte entre una sola. Pero ambos métodos funcionan con una eficiencia casi del cien por cien.