Las fuentes modernas de rayos X se parecen a una orquesta sin director: los electrones en el haz van cada uno por su lado y la radiación sale borrosa. La nueva idea es hacer que los electrones se alineen en filas uniformes con un paso de varios nanómetros. Entonces la luz que emiten se vuelve coherente, como un rayo láser.
Para lograrlo, en el plasma (un gas de partículas cargadas) se cruzan dos haces láser débiles. Su interferencia crea una onda de densidad que, como un peine, ordena a los electrones en grupos bien definidos. Luego, un pulso láser potente acelera estos grupos, y ellos conservan su estructura.
Este método no requiere aceleradores gigantes: todo ocurre en un pequeño volumen de plasma. Esto abre el camino a fuentes compactas de rayos X ultrabright, que serán útiles en medicina, ciencia de materiales y para capturar procesos ultrarrápidos.
La distancia entre los grupos de electrones en un haz así puede ser menor que la longitud de onda de la luz visible: solo unos pocos nanómetros. Es como si en una cola las personas estuvieran a una distancia menor que el grosor de un cabello.