En los primeros instantes tras la colisión de dos núcleos de plomo en el Gran Colisionador de Hadrones, se genera una diminuta bola de fuego: una sopa de quarks donde las partículas se mueven libremente. Si en ese momento surge un campo magnético muy intenso, puede separar las cargas positivas y negativas, como un peine separa el cabello en mechones. Este efecto se denomina efecto magnético quiral, y se buscó en los datos del detector ALICE.
Para comprobar si existe tal efecto, los físicos midieron cómo se dispersan las partículas cargadas respecto al plano de reacción: una línea imaginaria a lo largo de la cual chocaron los núcleos. Usaron dos técnicas. En la primera, modificaron la forma de la bola de fuego para separar la señal útil del fondo. En la segunda, compararon la dispersión de las partículas respecto a dos planos distintos: uno relacionado con los participantes de la colisión, donde el fondo es máximo, y otro con los espectadores (núcleos que pasaron de largo), donde la señal debería ser más fuerte.
Ambos métodos dieron el mismo resultado: no se observa la señal del efecto magnético quiral. Esto no significa que el efecto no exista en la naturaleza; quizás sea demasiado débil o desaparezca rápidamente. Pero ahora los científicos saben cuán pequeño debe ser, y esto ayuda a descartar teorías incorrectas. El nuevo límite, obtenido de la comparación de planos, resultó más estricto que las estimaciones anteriores.
Esta búsqueda se asemeja a intentar oír un sonido muy tenue en una habitación ruidosa. Por ahora solo se oye el ruido, pero sabemos cuán fuerte debe ser el sonido para poder notarlo. Y esto nos acerca a comprender qué le sucedió a la materia en los primeros instantes tras el Big Bang.
En las colisiones de núcleos en el LHC, la temperatura alcanza billones de grados: cien mil veces más caliente que el centro del Sol.