Una bacteria en una gota de agua busca comida. A su alrededor hay un gradiente químico: hay más moléculas de alimento en un lado y menos en el otro. ¿Cómo moverse para llegar más rápido al lugar nutritivo? Se puede corregir el rumbo suavemente, como un ciclista que esquiva un charco. O se puede, como una bacteria, detenerse periódicamente, dar una voltereta y nadar en una dirección aleatoria.
Los científicos se preguntaron: ¿por qué las bacterias eligieron la segunda opción, que parece absurda? Modelaron la búsqueda como un problema: ¿cómo ascender por el gradiente lo más rápido posible si solo se dispone de una cantidad limitada de información sobre la dirección por unidad de tiempo? Resultó que, sin un conocimiento preciso de hacia dónde girar, las acciones discretas —sacudidas y volteretas— ganan frente al giro suave. Cuando hay poca información, conviene girar 180 grados: si nadabas en la dirección equivocada, vuelves rápido. Cuando hay más información, lo óptimo son volteretas completas con una nueva dirección aleatoria. Y con aún más datos, la mejor estrategia se convierte en giros de varios ángulos fijos.
Este resultado no es solo sobre microbios. Muestra cómo la naturaleza a menudo elige soluciones discretas simples, aunque la física subyacente sea continua. La bacteria no calcula una trayectoria ideal, sino que actúa según una regla simple: "nada hasta que empeore, luego da una voltereta". Y esa regla resulta casi óptima para la vida en aguas turbias.
La Escherichia coli, al buscar comida, da una voltereta aproximadamente una vez por segundo, y cada voltereta cambia la dirección en un ángulo aleatorio.